¡Huye de la zona de confort!

¡Salta de tu zona de confort!

Llevo tiempo leyendo estas frases en artículos, escuchándolas en conferencias y en muchas ocasiones, yo mismo alertando a mis clientes sobre los “beneficios” de mantenerse fuera de su zona de confort.

Sin duda el mensaje resulta inspirador, alienta al cambio permanente y a huir de la monotonía inevitable que nos invade a nuestra actividad profesional en el día a día.

Pareciera -y así nos lo creemos- que la actitud del paso firme siempre adelante y casi sin respiro nos hace más fuertes y poco vulnerables a la incertidumbre y la urgencia que hoy imperan en cualquier ámbito profesional.

Mi trabajo consiste, sobre todo, en “escuchar” a personas de alto rendimiento –ejecutivos y deportistas-. Me fascina aprender de ellos: sus recursos, motivaciones y la búsqueda de excelencia en el desarrollo de competencias los hace similares, más allá de las diferencias entre sus mundos.

Constantemente forzados a salir de su zona de confort, en la intimidad de nuestras sesiones, el discurso de muchas de estas personas aparece, también, cargado de angustia y ansiedad ante tanto “no parar”.

La Real Academia Española define el confort como aquello que produce bienestar y comodidades. Y aquí, podríamos eternizar un debate en definir -o mucho mejor auto-definir- estos dos conceptos.

Pero volviendo a lo nuestro; por un lado reconocemos y aceptamos incertidumbre, inestabilidad y prisas como circunstancias que no controlamos –no dependen de nosotros-. Es más, están ya institucionalizadas en cualquier organización de hoy.

Y por otro lado sin darnos cuenta, o incluso con las “mejores intenciones”, nos alentamos a nosotros mismos a distanciarnos de aquello que nos aporta bienestar y comodidad profesional.

Sigue pasando el tiempo y nos mantenemos en esta contradicción buscando algo que ni siquiera hemos parado a definir.

¡Tal vez sea hora!… Te dejo dos preguntas:

  • ¿Qué, de todo lo que hago en mi trabajo, sí me hace disfrutar?
  • ¿Qué quiero hacer en adelante, que dependa de mí, para conservarlo (o incluso ampliarlo)?

Una vez te respondas a las dos preguntas, no temas y vuelve a pensar en ese salto que quieres dar.

Pero esta vez… ¡Con algo más de confort!